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Entrevista: CARLOS AGANZO
Casi diría que la felicidad es un sentimiento de paz encendido. Y se produce cuando el alma toca la belleza.
CARLOS AGANZO


— Su última obra "Las voces encendidas" nos pone de manifiesto un sentimiento tan molesto y tan poco tratado en poesía como es la culpa y la conciencia. Cree que seríamos más felices sin ella o bien que es precio que hay que pagar por el raciocinio que define al ser humano.
— La conciencia forma parte esencial del ser humano, y es sin duda una de las cualidades que más nos dignifican. Aunque duela, debemos escuchar siempre la voz de nuestra conciencia, y tratar de darle una respuesta en la medida de nuestras posibilidades, pero, como en todo, también en lo que se refiere a la conciencia hay que tener cuidado con los excesos. Desde el mismo concepto del pecado original, nuestra cultura judeocristiana ha transformado con demasiada frecuencia la conciencia en un sentimiento de culpa permanente que, lejos de hacernos crecer, nos limita y nos frustra. Somos más felices cuando sabemos dar respuesta adecuada a la voz de nuestra conciencia; somos muy desgraciados cuando caminamos vencidos por el sentimiento de culpa. Sobre la búsqueda de este equilibrio es sobre lo que trata "Las voces encendidas".

— ¿Cómo es su rutina a la hora de escribir? O eres más de inspiración, del aquí te pillo aquí te escribo.
— En mi vida, en general, la palabra rutina no existe. Lo mismo ocurre con la poesía. Escribo cuando tengo necesidad, cuando surge eso que llaman inspiración y que tiene mucho que ver con la iluminación de una idea, un sentimiento, una percepción, en medio de la confusión que lo rodea todo. Otra cosa es la elaboración de un libro, que tampoco necesita de rutinas, sino más bien de la inmersión, durante días o semanas, en el universo de ese libro para seleccionar poemas, reescribirlos y darles una cierta unidad de conjunto. Son dos momentos distintos, el de la creación pura, en cualquier momento y en cualquier situación, y el de la reelaboración poética, que piden sobre todo intensidad.

— ¿Dicen que en literatura quien no es hijo de alguien, es un hijo de puta ¿Cuáles son sus padres literarios?
— ¡Hay tantos! La lista es absolutamente inmensa. Citaré sólo a San Juan de la Cruz, a Bécquer, a Juan Ramón y a don Antonio Machado, siendo consciente de la tremenda injusticia.

— Y ¿qué poetas actuales te interesan?
— Me siento muy identificado con toda la escuela castellana que representan Antonio Colinas, José María Muñoz Quirós, José Luis Puerto o Fermín Herrero, siguiendo también las huellas de Claudio Rodríguez. José Hierro, Francisco Brines, Pablo García Baena, Clara Janés, Ángel González y José Agustín Goytisolo (faltan muchos más, desde luego) van siempre conmigo..

— ¿Está de acuerdo con los últimos cambios propuestos por la Real Academia de la Lengua?
— Sólo (con acento) en algunos casos. Lo del guión como monosílabo y sin acento es verdaderamente un disparate. Pero tampoco soy excesivamente crítico. La lengua está viva y, como todo lo que vive, tiene sus virtudes y sus perversiones. El día en que se aceptó álgido por caliente y enervar por ponerse nervioso dimos carta de autenticidad al abuso lingüísticos de las mayorías malhablantes.

— ¿Cómo definiría la felicidad?
— La felicidad se parece mucho a la paz, pero tiene un punto de emoción, de brillo, de iluminación añadido. Casi diría que la felicidad es un sentimiento de paz encendido. Y se produce cuando el alma toca la belleza.

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