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Entrevistas: JOSÉ LUIS SÁNCHEZ HERNANDO
El milagro no está concebido aquí como aquello imposible que escapa a cualquier dictado de la razón, sino como aquello que acontece sin que nadie apueste un céntimo por ello.
JOSÉ LUIS SÁNCHEZ HERNANDO

— Explíquenos el título de su poemario "Itinerario del milagro"

— La vida en sí misma es un milagro. A veces se entrecruzan situaciones que lo entorpecen y, en otros casos, lo transforman en celebración. Esto es lo que le da su verdadera dimensión. El libro habla, obviamente, de un recorrido -el mío- a través de las horas más plenas, ya estén vestidas de tristeza, de incertidumbres o de alegrías.

—Se ha pasado la vida escribiendo en soledad ¿Cómo ha sabido cuándo era el momento de publicar y por qué ha buscado salir de sí mismo?

— Por un lado, podría decirse que es algo anecdótico. Pero lo cierto es que se dan una serie de circunstancias que en algún momento pueden favorecerlo.
En este sentidodebo señalar que ha tenido lugar en mí un momento vital de especial reflexión, compartido con personas muy importantes en mi vida que me han llevado de la mano y han hecho posible que la idea (bastante entrañable) que yo albergaba en relación con este primer libro, se hiciese realidad.

—¿Es más interesante el pasado que el presente/futuro o escribe más sobre él porque no puede dejar de analizar lo ya irremediable?

— Aunque hubo un día que quise serlo, no hubiera sido un buen periodista, un atinado y perspicaz cronista de la realidad inmediata. Tampoco se encuentran entre mis aptitudes la destreza con las artes adivinatorias. Me planteo tan solo el futuro como ese presente que está muy próximo a llegar. Por otro lado, necesito de la reflexión serena para lograr entender, siquiera sea de lejos, lo que veo y me sucede. Y cuando alcanzo esta revelación, todo presente es ya pasado.

—¿Cuál es su rutina a la hora de escribir? ¿Alguna manía confesable?

— Lo que debo confesar es que carezco de rutina. Me parece exagerado ser denominado "escritor". Desde luego, no soy un escritor de oficio. Surge más bien como un impulso vital, una necesidad, que no sabría adjetivar, de expresarme, de catarsis del espíritu cuando este ha alcanzado cierta plenitud, cuando ya no se puede contener ni un segundo más y tan sólo sentirte labrando un atisbo de poema puede calmarte. Y cuando se rompen los frágiles diques de la mesura y fluyen los sentires y todas sus zozobras, entonces, ya todo lo que sale de tus labios, como de aquellos de un volcán, es la lava fértil del poema. Llegado a este punto compruebo que una de mis manías es este exacerbado respeto por la palabra "escritor".

—¿Es el amor el verdadero milagro?

— El milagro es para mí todo aquello que se produce más allá de lo esperable, como un barco que llega a puerto cuando todas las corrientes y sus vientos están en contra. Por lo tanto, el milagro no está concebido aquí como aquello imposible que escapa a cualquier dictado de la razón, sino como aquello que acontece sin que nadie apueste un céntimo por ello. Y siguiendo este hilo argumental, el amor sí que es un milagro, porque para que cobre toda su magia debe ser inesperado, imprevisible, fruto del azar que domina una parte no desdeñable de la relación entre dos personas.

—Su poesía recuerda a Antonio Machado en lo natural y en la forma tan directa de llegar al alma. Es de agradecer esta claridad en este mundo de hoy en día tan abstracto y rápido. Puede indicarnos sus poetas o libros de cabecera.

— Creo que siempre he leído poesía, a veces, de una forma un tanto desordenada y poco sosegada, como con cierta ansiedad por encontrar aquello que ni yo mismo sabía que buscaba. Esto es, la poesía siempre conseguía revelarme algo que me hacía alcanzar lo que pensaba que era la esencia de mi mismo. Esta experiencia de lector algo anárquico nunca me ha abandonado, pero creo que tuvo una especial virulencia en mis años adolescentes y en mi primera juventud. Muchas de aquellas lecturas fueron formando el sedimento acaso inapreciable de quien fui y ahora mismo soy.
Cualquier poema que conscientemente leemos una segunda vez ha arraigado en el sistema poético de nuestro organismo. Por ello, para un lector habituado y proclive a dejarse fascinar por el poema, la lista de poetas que han ido dejando su poso siempre sería muy larga y poco rigurosa.
Los que siempre han estado de una forma especialmente intensa: Carlos Edmundo de Ory, Cesare Pavese
Aquellos que han llegado más recientemente con un poder de sugerencia incontenible: Andrés Trapiello, Carlos Marzal y Alda Merini.
Y entre aquellos y estos, tantos otros…

— Le ayuda el ser escritor a comprender más el mundo que le rodea o comprenderse más a sí mismo?

— Insisto en este no tan pequeño matiz de no sentirme escritor, tal y como se concibe la figura de un escritor comúnmente. Hablaría más bien de alguien para quien la escritura forma una parte consustancial de su mundo y que no es capaz de imaginarse su vida sin ella. Y centrándome ya en la pregunta diría que en mi caso el primer eslabón es aquel que supone la escritura como un proceso de autoconocimiento, de viaje hacia uno mismo y fase irrenunciable para comprender cuanto le afecta y rodea.

—¿Sigue siendo pop?

— Esta es la peor de las preguntas que se me puede hacer, pero voy a tratar de explicarme.
Hace algún tiempo cultivé un blog al que sólo invitaba a mis amigos, donde publicaba mis poemas y algunas reflexiones. Pretendía abrirles y abrirme a mí mismo una ventana desde la que ver todo aquello que me hacía gozar o me atormentaba. Recuerdo una entrada que escribí en el mismo que titulaba "Alma pop". Allí reivindicaba la música como uno de los leitmotiv de mi vida. Literatura y música han conformado mi forma de sentir desde los primeros años de mi adolescencia. Sigo con mucho interés los movimientos musicales de vanguardia dentro del pop. Pero no por una actitud snob, sino porque he ido creciendo con ella. Hace 30 años la música que me gustaba era fundamentalmente la que emergía de los sellos discográficos independientes y alternativos. Nunca he dejado de escuchar y comprar música. Nunca he dejado de ir a conciertos. Los grupos y cantantes que me gustan suelen estar alejados de los grandes canales comerciales. Imagino que a lo largo de todo este tiempo, acaba convirtiéndose en una actitud y, además, tu gusto musical está ya muy educado en una determinada dirección. A juzgar por cuánto me estoy extendiendo se diría que acabo de editar un disco en lugar de haber publicado un libro. Pero es que la música pop, en el sentido más amplio del término, está muy presente en todo lo que escribo. Cuando escucho Laura de Lluis Llach, Il n´y a pas d´amour heureux, de Françoise Hardy, Bird on the wire, de Cohen, Sígueme de Vainica Doble, Desordenada habitación de Nacha Pop, La condese aragonesa, de La costa Brava, Segundo asalto, de Love of Lesbian, Guitarras y tambores de La Cola Jet Set, De alguna manera de Aute, El animal, de Battiato, Quién fuera de Silvio o la versión que hizo La Granja de She´s got a new spell, de Billy Bragg (por poner tan solo una docena de ejemplos) no alcanzo a ver muy bien la frontera entre música y poesía. Puede parecer una exageración y, además, serlo, pero así lo siento.

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