
Nacida en Astorga (León), pero crecida
en Madrid, cursó estudios en Ciencias de la Información
en la Universidad Complutense de Madrid en la rama de periodismo. Ha
trabajado en Radio Exterior de España y TVE. Es jefe de produccióndel
equipo de la revista bilingüe (español-inglés) Arena
Internacional del Arte. Ocupó asimismo el puesto de redactora
jefe en la revista de arquitectura Diseño Interior. Ha
colaborado asiduamente con Claves de la Razón Práctica.
Vive actualmente en Italia, donde ha trabajado como profesora de español
en la Universidad de Trento, especializándose en lingüística,
en concreto, en la conceptualización del espacio y del tiempo
a través de la palabra. Ha publicado sobre este tema el volumen
La deixis locativa y el sistema de los demostrativos en Arco Libros.
Tras un largo periodo de «sequía» poética
ha participado en las antologías de poesía contemporánea
Enésima
Hoja: antología de poetas contemporáneas;
Bajo la estrella, el viento; Antología
de poesía navideña contemporánea: me gusta
la Navidad y en el volumen Laberinto
breve de la imaginación: Antología de literatura
mínima. Ha publicado los poemarios Todos
los ríos y Doce
meses y un día.
BALADA PARA UNA MADRE
Y cuando yo era de acero
ella se volvió agua:
manantial y lágrima,
luz sin sol y membrillo.
En el tambor de los días
se hizo ella alfabeto ignoto,
un enigma acuático
para mi piel metálica.
Así, mientras yo habito en el tumulto
de las ásperas frondas,
ella transita en el azúcar:
disuelta y líquida.
Al romper la fuerza de gravedad
que nos tenía ancladas,
la perdí en una sábana de niebla,
en los áridos vientos helados
que poblaban nuestras conciencias,
en los armarios de misericordia
donde habíamos vivido ambas.
Porque cuando yo era ya acero,
ella se volvió de agua:
fuente clara y pleamar,
faro sin noche, cervatillo.
En la salmodia de los días
se hizo ella lluvia en la ventana,
una incesante gota
contra mi terca espada.
Crecí a su lado como una cereza
acerba expuesta al hielo y a la escarcha
del terreno en invierno
y, cuando yo era ya acero,
me abrió en sus ojos una ventana,
y en su boca de arena fina, un mar
ÁFRICA
Era una noche de niños silenciosos,
bocas sin leche que sólo callan
cuando las enmudece el miedo
urgente de convertirse en presas.
Había animales leyendo el terror,
husmeando la sal de labios sin voz
y las lágrimas resecas
de ojos insomnes.
Soñaban las madres orfanatos infinitos,
moscas indiferentes sobre la piel
oscura de sus hijos.
El silencio era un sólido salvaje
con greñas doradas de león
que se escuchaba complacido.
Había cuerpos jóvenes saqueados por el miedo
con labios cosidos y orejas de liebre
que habían olvidado el temblor
Atardecía con infinita suavidad
y aquella no podía ser la última noche
para nadie.
El deber de la supervivencia cubría uniforme los cuerpos
con su olor.