POESÍA: Jaime Alejandre …Y MÁS ALLÁ DE MI VIDA

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...Y MÁS ALLÁ DE MI VIDA
Jaime Alejandre

Jaime Alejandre: ...Y MÁS ALLÁ DE MI VIDA

Coleccción ANAQUEL DE POESÍA, Nº 54
88 páginas • I.S.B.N: 978-84-944752-8-3• 13€
Prólogo: Guinnevere A. Nash. PhD, Kennicott University

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Cuidado lector, está usted a punto de navegar por las páginas de un libro… ¡de amor! En pleno siglo XXI, en plena crisis. Así, sin epidural. Aun a sabiendas de que en este mundo feroz y despiadado, inundado de terroristas tanto religiosos como financieros, la poesía amorosa está mal vista. Salvo que lo que venga en hemistiquios sea precisamente lo contrario: el funesto cantar al abandono y la soledad; el gorigori a todo lo que, efímero, jamás podrá permanecer. Eso sí que goza de gran prestigio entre los lectores de poesía. No hay más que ver que, de ese gran poeta enamorado que fue Neruda, se recuerda y cita siempre más su Canción desesperada que sus Veinte poemas de amor.

Pero «…Y MÁS ALLÁ DE MI VIDA», es un libro de amor celebrado, habitado por versos optimistas, vitales, apolíneos que son el testimonio del despertar del antiguo temor reverencial de su autor, Jaime Alejandre, para avanzar hacia el paisaje de la confianza en uno mismo y en el mundo por virtud del amor; sobrecogedor amanecer que, como no puede ser menos, se produce por la irrupción imparable de la Iluminación.

Raíz que busca la oscuridad,
loco estuve.
Hoy soy el tallo
que crece hacia la luz,
y por tu luz crece.


Llegó el día en que dejé
de pedir en los hoteles
cuartos que tuvieran buenas vistas.

Todo cuanto un día quise ver
va siempre conmigo a todas horas;
ilumina el paisaje al que mis ojos
tienden buscando el infinito.

Tú mi panorama, mi horizonte,
el mar cuando atardece,
la imagen de todas las postales
del mundo. Tú mi mundo.

Llegó el día en que dejé
de buscar el mejor sitio
en el cine, en el teatro.

Ningún asiento ya podía
ser bueno siquiera
si tú no estás sentada aquí
a mi lado, que es el lado
del sueño de las cosas.



El autor: JAIME ALEJANDRE
JAIME ALEJANDRE

(Las Huelgas, Burgos. 1963).
Como escritor ha publicado una veintena de libros: las novelas Fugu, Donde sea lejos, Hacia las sombras y El cumpleanos; los libros de relatos El Alfabeto Matematico, Manual de Historia Prescindible, Bulevares, El rencor, De entre las ruinas y Cruentos; los libros de poesia Espectador de mi, Palabras en desuso, Los Heroes Fatales, Autorretrato Postumo, Los guerreros de terracota, Derrota de regreso, Lo que queda, Vertigo Cotidiano (1979] 1981) y Los versos del Capitan Jaime Alejandre (Antologia); las obras de teatro Patera-Tierra y Casa con jardin; el libro infantil Owane (la nina que cruzo el rio); y los calambures Diccionario de NeoloQuismos. Ha sido traducido al arabe y al aleman, editado en Braille y audiolibros e interpretado en Lengua de Signos Espanola y tambien ha sido columnista de prensa escrita en Espana y otros paises.

Como editor es socio de ediciones Evohe, codirige la coleccion de libros de viaje El Periscopio y la de literatura heterodoxa Intravagantes, y dirigio la coleccion de poesia Hazversidades poeticas en Cuadernos del Laberinto.



PRÓLOGO (Guinnevere A. Nash, PhD, Kennicott University)

Cuidado lector, está usted a punto de navegar por las páginas de un libro… ¡de amor! En pleno siglo xxi, en plena crisis. Así, sin epidural. Aun a sabiendas de que en este mundo feroz y despiadado, inundado de terroristas tanto religiosos como financieros, la poesía amorosa está mal vista. Salvo que lo que venga en hemistiquios sea precisamente lo contrario: el funesto cantar al abandono y la soledad; el gorigori a todo lo que, efímero, jamás podrá permanecer. Eso sí que goza de gran prestigio entre los lectores de poesía. No hay más que ver que, de ese gran poeta enamorado que fue Neruda, se recuerda y cita siempre más su Canción desesperada que sus Veinte poemas de amor.

También Pessoa decía que todas las cartas de amor (si hay amor) son, tienen que ser, ridículas; y que todos los sentimientos esdrújulos son naturalmente ridículos. Pero hoy parece que el escritor Jaime Alejandre ha decidido hacer de su propia biografía luz y espejo y hablarnos por fin de sentimientos y emociones que no anidan en su muy transitada soledad sino en la entrega al otro, al ser amado.

Se diría que Alejandre ha decidido que en su vida ya ha tenido suficiente, si no demasiada, dosis del muy hispánico sentimiento trágico de la existencia y, dispuesto a hacer de la honradez material lírico, nos regala la compleja simplicidad por la que los hombres y mujeres se ofrecen unos a otros la única alcanzable eternidad que no es puro fraude: el amor.

Sí, en todo ser humano enamorado late la compulsión de la eternidad. Y está bien que así sea. Nadie podía asegurarle entonces a Petrarca ni a Dante que sus Laura y Beatriz serían inmortales. Pero ambos sintieron esa pulsión que nos recuerda Stephan Zweig: «el amor, conforme a su esencia más íntima, aspira siempre a lo infinito, todo lo limitado le resulta odioso e insoportable. En toda inhibición y en toda represión del otro sospecha una resistencia y en toda falta de correspondencia ve, con razón, una defensa oculta».

Volvamos a Pessoa y honremos la ventura de Alejandre dándonos la necesaria y salvífica ridiculez del amor. Y reconozcamos, con el poeta de los heterónimos, que, en el fondo, daríamos cualquier cosa por que alguien nos devolviera al tiempo en que escribíamos, sin darnos cuenta, cartas de amor ridículas. Definitivamente. «… Al fin y al cabo, / sólo las criaturas que nunca escribieron cartas de amor / sí que son / ridículas…».

En efecto, a la luz (y a la sombra, precisamente) de la obra de Alejandre diríamos que nuestro autor superó con alguno de sus poemarios inmediatamente anteriores el misterio de su propio ser. Y hoy con su «…y más allá de mi vida» trasciende al fin lo que él venía denominando su serie del «heroísmo cotidiano» (serie compuesta por el viaje de ida al descubrimiento del mundo; el de regreso a la búsqueda del yo; y el vencimiento de la parálisis espiritual ante el hecho abrumador e insoslayable de la muerte —la diaria del tedio y la definitiva del no ser—; en fin, los temas que componen el ideario de su trilogía Heroísmo compuesta por Los guerreros de terracota, Derrota de regreso y Lo que queda). Ahora, construido a sí mismo, firme en el estoicismo del que ha conseguido conocer y no siente temor pese a ello, le queda a Alejandre el arrebato de la serenidad donde la más alta empresa posible para él ya es la del Amor.

Y como nada es casual, no lo es que en la India llamen marga (que procede del sánscrito «contemplación y busca») al sendero que conduce al despertar personal, al autoconocimiento final, la iluminación.

Nos encontramos, por tanto, ante un libro que es el testimonio del despertar del antiguo temor reverencial de su autor, para avanzar hacia el paisaje de la confianza en uno mismo y en el mundo por virtud del amor; sobrecogedor amanecer que, como no puede ser menos, se produce por la irrupción imparable de la luminosidad: «Raíz que busca la oscuridad, / loco estuve. / Hoy soy el tallo / que crece hacia la luz, / y por tu luz crece».


Jaime Alejandre: ...Y MÁS ALLÁ DE MI VIDA

Sí, es ese cósmico instante de claridad que ya otros experimentaron. Como recuerda Joseph Campbell: «Dante describió, en su Vita nuova, este momento de iluminación, el momento en el que contempló a Beatriz, el momento en que dejó de ser un animal meramente humano y se convirtió en un poeta… se vio embargado por un éxtasis estético, que es el principio de la vida espiritual. Como Dante nos dice en los primeros pasajes de ese libro extraordinario: el espíritu de mis ojos dijo: “contemplas tu felicidad”… El prestigio, las relaciones sociales y la seguridad son necesidades [por tanto, entonces] que desaparecen. Beatriz estaba ubicada en el extremo de un rayo misterioso procedente de las profundidades del universo. Y cuando Dante siguió ese rayo, llegó al asiento mismo del misterio del mundo…».

Así Alejandre, con poemas aparentemente simples (por su cercanía verbal, por sus imágenes contemporáneas que prefieren hablar de la versión «tres punto cero» de uno mismo antes que del rancio nácar de los dientes del amado), nos evoca la comunión con la íntima naturaleza del que ha alcanzado la individuación: ver a los demás y a uno mismo como lo que realmente somos, no como los arquetipos que proyectamos en los demás (Jung). Pero, insistamos, la sencillez de los versos de Alejandre es mero espejismo apenas para el desatento. Crear lo sencillo es siempre más difícil que acometer lo complejo, que se hace demasiado a menudo por acumulación de excesos.

Cuando uno menos se lo espera
le ha nacido una costumbre,
la de ser feliz allá donde se aloja
aquel que fuimos y hoy resucitamos.

Eres mi desfibrilador, mi paliativo.
Mi pasado ya no es
ni un pecio de nostalgia, tú,
naufragadora lo has ahogado
en los unánimes sargazos del olvido
y todo es porvenir y es horizonte.


Alejandre se ha atrevido aquí a esa empresa del absoluto que desdeña el juicio de los demás. Y por ello su libro derrocha tanta autenticidad que incontables lectores podrán identificarse con sus poemas y hacerlos propios. Más aún porque, huyendo —como acostumbra nuestro autor— de lugares comunes, arcaísmos e impostados cisnes de Leda (tan al uso por jovencitas aspirantes —fracasadas de antemano— al inquietante oficio de escritor), Jaime ahonda en su corazón con un lenguaje actual desprovisto de autocensura.

Libro amparado bajo la cita que unos atribuyen a la nómada del desierto, Isabelle Eberhardt (que también dejo dicho «… no hay que buscar la felicidad. Se la encuentra por el camino…»), otros a su hermano Agustín, y bastantes a algún desconocido autor latino; libro, decimos, en el que podemos asistir a la ofrenda de una olvidada sabiduría: los elementos indispensables de una existencia, para que haya vida y no muerte y destrucción, son el aire, el sueño, el agua, el alimento. Y el amor. De todos ellos, no obstante, se puede prescindir. La única consecuencia es que desechar uno sólo de ellos conduce a la inexistencia. Cada uno tras un período distinto de abstinencia. Sin aire morimos a los cuatro o cinco minutos. Sin dormir, apenas se sobrevive cuatro días. Sin beber se aguanta hasta una semana. En ayuno total de alimentos, en huelga de hambre estricta, se puede resistir un mes. Algunos incluso dos. Y sin amor hay quienes viven hasta los cien años, pero no mueren de viejos, de enfermedad, mueren de no haber amado.

Por eso Alejandre reivindica en su último libro la sencillez de la vida común en el amor pero nunca desprovista de la ilusión transformadora. «Un amor de película /sin tomas falsas, / apenas con tomas verdaderas, /eso pido…». Eso reclama Alejandre para sí, pero pidiéndolo en sus versos lo que hace es ofrecérnoslo, invitarnos así a todos a estar dispuestos a realizar la hazaña de quererse. Porque amarse no es jamás don que se obtenga por añadidura. Así lo demuestra este libro, dividido en dos partes que más que complementarse se completan, cuyos título componen una especie de palíndromo y calambur cargado de intención y significado: «Quererme a ti», «Quererte a mí». Sí, es evidencia empírica que aquel que no se ama a sí mismo, que no acepta su propia naturaleza, que no se respeta, jamás podrá llegar a amar a otros… Sirvan, por tanto, los poemas de este libro de guía para amar y acariciar, al menos un instante, el territorio de la eternidad.

«Persiste una tenaz / fosforescencia en mi piel /cuando te marchas…» dice Alejandre y les auguro, lectores, que también en ustedes persistirá la suerte de iluminación especular que reflejan estos versos.

Alaska. Febrero 2016



Presentación de Jaime Alejandre en el Aula Magna de la Facultad de Filología en Salamanca





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